El Susurro: Entre los milagros de Tierra Santa y la cochera de oro del alcalde
En Tamaulipas el presupuesto tiene vida propia, y si uno pega la oreja a las paredes de las dependencias, puede escuchar clarito cómo se escurre el dinero entre postes caídos, contratos sin licitar y magia contable. El Susurro vuelve a asomarse por los pasillos, porque cuando las cifras no cuadran y el silencio abunda, es cuando mejor se escuchan las verdades.
De postes caídos, ceguera conveniente y los fierros de Tierra Santa
En los pasillos de Seguridad Pública hay un ruido que ya se volvió costumbre en Tamaulipas: el estruendo de los postes de videovigilancia cayendo al asfalto. Pero lo que verdaderamente levanta la ceja de los que escuchan detrás de las puertas no es la audacia de quienes los tiran, sino la pasmosa tranquilidad que reina en el despacho principal de la Secretaría.
Cuentan los susurrantes que al secretario no se le ve ni sudar frente a la epidemia de “tumba de cámaras” que azota al estado. Una ceguera institucional que en cualquier otro lado encendería alarmas, pero que aquí parece tener una explicación que no se lee en los partes policiacos, sino en las facturas. Y es que, en este rincón del país, cuando la pantalla de vigilancia se va a negros, el negocio apenas se ilumina.
Dicen los chismosos que la extraña paciencia del titular tiene acento extranjero. Específicamente, un acento que huele a Medio Oriente, a desierto y a tecnología militar. El Susurro trae a cuento que, detrás de este conformismo operativo, se mueve un selecto club de empresarios venidos desde “Tierra Santa”. Un grupo que domina el jugoso mercado de la inteligencia y el espionaje en México desde los ya lejanos y dorados tiempos del sexenio del copete.
Estos muchachos no operan como el contratista común; ellos no se forman en la ventanilla. Su especialidad es el cultivo político a largo plazo: se acercan a diputados y senadores con proyecto, los “apadrinan” con fierros y estrategias cuando apenas son promesas, y en cuanto el ahijado se sienta en la silla, aparecen para cobrar la cortesía.
Ahí es donde cuadra el milagro de la multiplicación de los daños. Cada vez que la delincuencia derriba una cámara, en las oficinas de Grupo Kabat y sus empresas hermanas se frotan las manos. Porque apenas el metal toca el suelo, estos técnicos de acento lejano y presupuestos gordos aparecen prestos, casi como héroes, para “reinstalar” los equipos.
El esquema es tan cínico como perfecto: los malos tumban, el gobierno vuelve a pagar y los contratistas israelíes facturan la eterna reposición. Una maquinita de hacer dinero donde la impunidad es la materia prima y la miopía del secretario es el mejor lubricante.
Así que ya lo sabe: la próxima vez que pase por una avenida o carretera y vea un poste de vigilancia en el piso, no crea que el estado se quedó ciego… mejor piense que alguien, en algún corporativo extranjero, acaba de asegurar su bono o en una de esas un buen aguinaldo.
Los transformadores de oro y la cochera del millón
En los pasillos del 17, donde las quejas por baches y oscuridad suenan a disco rayado, cuentan que al alcalde Lalo Gattás de pronto le urgió la eficiencia, pero solo a la hora de quemar el presupuesto. Mientras el ciudadano hace fila creyendo que su predial tapará algún pozo, los susurros apuntan a que 87.4 millones de pesos de esa misma bolsa ya encontraron un destino “firme”. Literalmente.
Dicen los que leen los papeles que no se publican, que en octubre pasado, con la prisa de quien huye, se armaron adjudicaciones directas para esquivar la molesta burocracia de las licitaciones. La afortunada elegida por el dedo municipal fue Cuenca del Noreste, S.A. de C.V., firma que según las malas lenguas antes solo le movía a la pavimentación, pero que de la noche a la mañana amaneció con doctorado en alta tensión.
El milagro contractual duró del 6 de octubre al 31 de diciembre, facturando a un ritmo infernal: más de un millón de pesos diarios, incluyendo fines de semana, repartidos en supuestos mantenimientos de aires acondicionados y transformadores.
Pero aquí viene el chiste que hace reír bajito a los que conocen la movida: cualquiera pensaría que para operar mantenimientos a ese nivel de especialización y cobrar esas facturas, la empresa tendría un imponente corporativo de primer mundo, enjambres de ingenieros en turnos triples y flotillas de grúas. Pues no. Si usted busca las instalaciones en la calle Firmeza 313 B de la colonia Vamos Tamaulipas, prepárese para la decepción: no hay complejo industrial, sino una modesta casita de dos pisos. Una triste cochera residencial donde ocurre la magia de procesar un millón al día.
Lo que tiene a los contadores del palacio rascándose la cabeza es la matemática del asunto. Los chismosos que arrastran el lápiz aseguran que con esos más de 75 millones que le metieron solo al mantenimiento eléctrico, salía mucho más barato comprar transformadores nuevecitos de paquete para media ciudad. A menos que el alcalde los mandara a bañar en oro de 24 quilates y los aires ahora soplen brisa de los Alpes suizos, nomás no se explica la inflada tarifa que autorizó el buen Lalo.
Al final, en Victoria la luz de los transformadores sigue sin verse en las calles, pero brilla con mucha fuerza en las cuentas de los que saben cobrar desde la comodidad de la sala de su casa…
Como sea, el tema es que entre postes de cámaras ciegas y transformadores fantasma el presupuesto siempre termina electrocutado. Mientas aquí seguiremos, con el oído pegado a la pared porque en este estado, lo que no se cae por la inseguridad, se cae de cinismo… y lo bueno siempre se dice bajito.

