Vientos Raros y Minutos Caros

By Published On: febrero 10, 2026

El Mexa que escucha pasos detrás

Dicen que en el norte hay un personaje que vivía mirando por encima del hombro, como si el aire mismo le debiera respeto; que su doble ciudadanía lo hacía sentirse superior. Pero dicen que la realidad es otra, como si los vientos que antes presumía ahora trajeran ecos que no le gustan. No es que haya perdido poder —eso nunca se pierde del todo, aun y con gente armándole un Truko en su “embajada tamaulipeca”, ese cuartito donde todavía cree que manda—, pero sí que las paredes ya no guardan los secretos con la misma lealtad.

Y es que, cuentan, cuando uno se acostumbra a mandar sin que nadie le cuestione, cualquier sombra parece un mensajero y cualquier silencio suena a advertencia. Los que lo conocieron en sus días de gloria dicen que antes caminaba con el pecho inflado, como quien sabe que el mundo entero le debe una reverencia. Ahora, en cambio, ese pecho solo se luce y se inflama cuando hay cámaras, porque sin ellas la postura se le encoge y la mirada se le va al piso.

En los cafés donde se habla bajito, murmuran que el exmandatario de botas firmes y sonrisa ensayada siente que lo observan más de lo que tolera. No por nostalgia, sino por esos pendientes que sonaron tanto que siente que a su bandera tan amada se le acabaron las estrellas del poder y solo le quedaron las barras… esas que huelen a encierro, a pasillo sin ventanas y a viento rancio que no viene del norte, sino de un cuarto donde el aire no circula y el tiempo se estanca.

Lo curioso es que él, que siempre presumió temple, ahora camina como quien sabe que el piso cruje. Y que los vientos ya no son de cambio, sino de esos que soplan bajito, como si alguien más soplara las velas de su destino.

Y para rematar, susurros que vienen desde la embajada de su HomeLand —esa donde los pasillos tienen más ojos que lámparas— dicen que el Mexa no solo tiene puertas cerradas aquí, donde vino a hacerse rico, sino que también allá, en su amado hogar, camina bajo faros que no parpadean. Que cada movimiento suyo queda registrado en esas watch lists que no son de invitados, sino de viajeros que deben caminar derechito… aunque en cada puerto responda con un orgulloso “U.S. citizen”.
Por eso, cuando presume sus cumbres, sus foros y sus fotos con asociaciones de rifles, los que conocen el juego se ríen bajito:
porque en este juego no te tumba un rifle… te tumba un lente.

El Señor de las Prórrogas

Dicen que en la capital el alcalde escucha más el cling cling de las monedas que las quejas de los vecinos. Y que cada vez que alguien mete una moneda al parquímetro, Gattas sonríe como si le hubieran aplaudido. No es nuevo: desde hace tiempo se comenta que los parquímetros son su debilidad, su tesoro, su pequeño reino metálico donde cada minuto cuesta… pero solo para algunos.

Por eso no sorprendió que, cuando la triste empresa concesionaria Victoria METERS —dirigida por un aún más triste potosino de apellido Rosas, que florece poco pero factura mucho— pidió una prórroga para entregar papeles, el alcalde no solo aceptó: la estiró como quien estira un chicle para que siga dando sabor. Oficialmente es un trámite, un simple “faltan documentos”. Pero en los pasillos del palacio municipal —donde el eco repite lo que nadie quiere firmar— dicen que la prórroga huele más a negocio que a burocracia.

Porque mientras la empresa entrega papeles, el alcalde entrega calles, y mientras la concesionaria promete cumplir, él promete extender, como si la ciudad fuera un mantel que estira a su antojo. Y así, sin prisa, el reloj de los parquímetros sigue corriendo… pero hacia otro lado.

Los comerciantes fruncen el ceño, los vecinos suspiran, y los automovilistas ya dominan el arte de estacionarse tres calles más lejos para no caer en la trampa del reloj. Pero el alcalde insiste, como si cada cajón de estacionamiento fuera una casilla de un tablero que solo él sabe cómo mover, pues la prórroga no es un trámite: es una estrategia, una forma de mantener vivo un negocio que no quiere soltar, un negocio que madura con el tiempo… y con cada minuto cobrado.

Y aunque oficialmente se dice que el asunto está detenido en el Congreso Local, también se murmura que Lalito es especialista en invitar a todos a sus negocios… aunque algunos no sepan que ya están dentro.

Y mientras tanto, en su círculo cercano murmuran que la idea no es solo recaudar, sino reacomodar quién cobra, quién opera y quién se queda con la administración del jueguito. Nada explícito, nada ilegal, nada que se pueda señalar con el dedo… pero suficiente para que los que conocen el ritmo del dinero levanten la ceja.
Porque en Victoria, cuando un alcalde pide prórroga, casi nunca es para ganar tiempo: es para ganar terreno.
Y en este juego, el reloj nunca corre gratis… y menos para el ciudadano.

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