Cuba en el centro de debate entre EE.UU. y México
Ante la inminente catástrofe humanitaria y energética, la región observa si el pragmatismo de Washington se extenderá a La Habana y si Claudia Sheinbaum logrará capitalizar su rol como interlocutora clave.
La oscuridad que envuelve a Cuba no es solo literal, tras el apagón masivo y el cese de actividades estatales decretado esta semana, sino también geopolítica. El régimen de Miguel Díaz-Canel enfrenta su hora más crítica sin sus salvavidas tradicionales operativos al cien por ciento, luego de la retirada de las aerolíneas rusas. En este escenario de colapso inminente, las miradas internacionales se dirigen hacia dos figuras externas que podrían alterar el destino inmediato de la isla: el presidente estadounidense Donald Trump y la mandataria mexicana Claudia Sheinbaum.
La primera gran interrogante que plantean los expertos en Washington gira en torno a la consistencia de la nueva doctrina de la Casa Blanca. Tras sorprender al mundo hace apenas unas horas al calificar de “extraordinaria” su relación con Venezuela priorizando los intereses petroleros, analistas se preguntan si Trump aplicará ese mismo pragmatismo transaccional con La Habana. A diferencia de Caracas, Cuba no ofrece grandes reservas de crudo pesado para las refinerías estadounidenses, pero sí posee una llave de presión que el republicano necesita controlar a toda costa: la migratoria. La duda es si el miedo a un éxodo masivo hacia las costas de Florida será suficiente moneda de cambio para que Estados Unidos flexibilice sanciones puntuales, ignorando la presión del exilio cubano en Miami.
En el vértice de este triángulo diplomático se encuentra la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Su administración enfrenta el dilema de sostener la solidaridad histórica de la izquierda mexicana con la isla sin dinamitar la delicada cooperación con su vecino del norte. La pregunta crucial es si Sheinbaum asumirá el costo político y financiero de enviar buques con combustible de Pemex para evitar el colapso total del sistema eléctrico cubano, o si optará por un perfil de mediadora discreta. México podría intentar convencer a Trump de que un estallido social descontrolado en el Caribe representa un riesgo de seguridad nacional mayor que la supervivencia política del castrismo.
Para Miguel Díaz-Canel, el margen de maniobra es prácticamente nulo. Con la población agotada y la economía paralizada, el gobierno cubano parece apostar a la internacionalización de su crisis para forzar una respuesta externa. Aquí surge la tercera incógnita vital: el papel de China. La reciente oferta de ayuda de Beijing añade una capa de complejidad estratégica. ¿Permitirá la administración Trump que China se consolide como el salvador energético y logístico a 90 millas de sus costas, o intervendrá Washington preventivamente para evitar una mayor dependencia cubana del gigante asiático?
Las próximas horas definirán si prevalece la ideología de “máxima presión” o la realpolitik de la estabilidad regional. Mientras los generadores en La Habana se apagan por falta de diésel, la solución a la crisis parece estar menos en el Palacio de la Revolución y más en la capacidad de negociación de alto nivel entre una Ciudad de México que busca liderazgo regional y un Donald Trump que ha demostrado estar dispuesto a reescribir las reglas del juego si considera que el trato le beneficia.

